La cabra tira al monte

Me encanta ir al monte! Todo lleno de olores nuevos, sonidos nuevos, sin coches, sin ruidos, sin estrés… Salgo disparada del coche y empiezo a inspeccionarlo todo y a dejar mis marcas por todas partes. Luego viene Pata Chirola y las machaca con las suyas, pero bueno, qué le vamos a hacer!
El monte está lleno de cosas maravillosas: caminos por los que correr, montículos que saltar, charcos en los que beber y lo mejor de todo, manjares que no se encuentran en la city. Es como ir a un buffet libre, está plagado de esas deliciosas albóndigas de excelente sabor que por lo visto salen del culo de unos seres de cuatro patas llamados caballos. Tengo que disimular para degustarlas porque si no me pasa como a Abby que siempre le cae la bronca, y es que la pobre no sabe controlar su ansia y se pone comer como una psicópata, y claro, siempre la riñen. Yo soy mucho más discreta y entonces lo que hago es echar a correr, desaparecer del perímetro de vigilancia y pararme en los mejores restaurantes disfrutando de mi única compañía. Hugo también está aprendiendo la técnica del disimulo, porque las primeras veces se cegaba también por sus ansias y también le caía la bronca. Es cojo, pero no tonto. Bueno… un poco tonto sí que es, porque todavía no ha captado que los caballos son nuestros aliados y cuando ve uno lo quiere asesinar. Se pone como una fiera, se le eriza todo el pelo y empieza a gruñir como un ogro. Y además el tío se lanza a por ellos! Menos mal que siempre están detrás de una valla… Aunque ayer, justo cuando iba a lanzarse por dos caballos que nos observaban tranquilamente, cuando ya estaba a menos de medio metro, los caballos le dedicaron una mirada asesina y Pata Chirola se convirtió en un corderito asustado que dio la vuelta a refugiarse en los brazos de su mamaita. Tengo que confesar que yo hice lo mismo, porque en cuanto vi que mi querido hermano estaba declarando la guerra me uní sin pensármelo, faltaría más, y en cuanto vi que se hacía caquitas porque los caballos eran más grandes que él y estaban dispuestos a defenderse me di la vuelta también, no quería estar sola ante el peligro. Abby mientras tanto observaba con cara de pocker, ella es un ser de paz.

Lo que menos me gusta de estas excursiones montunas es la hora de volver al coche. Mis hermanitos se meten en él obedientemente y mientras yo sufro una extraña mutación a perra sorda. No oigo nada de lo que me dicen y correteo divertida mientras intentan pescarme para meterme en el coche. Al principio entre risas, luego ya en tono amenazante, y cuando ya considero que ha sido suficiente les doy el gusto de dejarme coger y entro al coche resignada mientras pienso en lo maravilloso que sería mudarnos a vivir a un sitio así… Cómo me gusta el monte!

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