La paciencia a veces se agota

Pues va a ser verdad que la paciencia tiene un límite y si lo rebasas te atienes a las consecuencias.
Por poner un ejemplo, a mí no me gusta que otros perros intenten olisquear mis posaderas ni que se pongan pesados en plan “Ey nena, ven que te voy a dar lo tuyo, aquí está tu macho alfa”. Cuando pasa eso echo mano de mi paciencia, me intento tranquilizar, digo eso de “1, 2 y 3 yo me calmaré” y cuando llego al 4 entonces ya el límite queda superado y hago acopio de toda mi mala leche, saco mi tono de perra rabiosa y doy unos buenos bocados de advertencia. Sin clavar los dientes, eso sí, porque entonces luego trago pelos y tengo que purgarme como si fuera un gato.
Otro ejemplo, la comida. Tengo una paciencia asombrosa. Si de repente se abre ese elemento maravilloso que alberga todo tipo de manjares en su interior, y veo que reparten, yo me quedo tranquila esperando en mis aposentos, con mucha paciencia, porque aunque los desesperados de mis compañeros de piso, felinos incluidos, ya hayan ido a abalanzarse como animales hambrientos, yo sé que algo me va a caer igual. Y además me gusta que me lo traigan a mi sitio, como a los emperadores.
Con los años la vas ganando. A Abby todavía le queda mucho camino por recorrer, aunque tampoco es que sea una jovenzuela, es más bien una maruja psicópata. Con la comida pierde el sentido, no tiene ni un ápice de paciencia a la hora de esperar a que le sirvan, se pone toda nerviosa y hasta tiembla. Yo me divierto viéndola y a veces la puteo un poco, que para eso soy la mayor. Cuando está echada en su cama o en la mía o en la cama humana o en alguna de los gatos, yo cojo y voy a echarla. Antes de que esté a menos de un metro de distancia ya empieza a gruñirme para advertirme que me va a arrancar la cabeza. Pero yo me río, jajaja, con esas a mí! Me sigo acercando y la miro fijamente. Si resiste, que no es lo habitual, me quedo parada delante de ella mientras me sigue gruñendo y si aguanta la presión psicológica entonces pongo una de mis patas encima de donde ella esté. Salta como un muelle!!! Jajajajaja Y yo me quedo con su sitio. Espero a que se acomode en otro y cuando ya está relajada vuelvo a la carga y la vuelvo a echar. Y así hasta que me riñen los humanos, pongo cara de pena y me voy a mi sitio haciéndome la víctima.
Dicen que todo lo malo se pega y a la blanquita se le ha pegado mi maldad. O igual es que está resentida y entonces ahora la paga con Hugo. Como dije antes, Abby es una maruja psicópata. Es como esas señoras que salen en la tele que tienen voz de pito y no paran de pegar voces y hacer aspavientos, que enseguida se calientan y se ponen todas nerviosas, vamos, que te hacen cambiar de canal con ese aparato lleno de botones blanditos que tanto gusto da morder.
Bueno, que me despisto, a lo que iba, que la traducción canina de ese ser es Abby. Una puñetera loca que cuando se pone contenta da saltos, ladra y le da por morder las orejas y medir el perímetro craneal a todo perro que se ponga en su diana. Y ésa es su manera de jugar: orejas-cabeza-gruñir-cabeza-orejas-gruñir-gruñir-correr un poco-otra vez orejas. Eso es un acto malvado e insoportable y la víctima de sus “juegos” es nuestro querido hermano Pata-Chirola, que por cierto, es adoptado, aunque tenemos prohibido decírselo para no herir sus sentimientos.
Pata-Chirola aguanta lo que le echen, tiene paciencia hasta el infinito y más allá. Es como un león marino, de movimientos pausados, tranquilo y ajeno a todo lo que pase a su alrededor, menos cuando hay comida que entonces cambia el chip. Pues Abby se aprovecha de su buen talante y casi todos los días le hace su ritual macabro de orejas-cabeza-gruñir-cabeza-orejas-gruñir-gruñir-correr un poco-otra vez orejas. Él lo aguanta, resiste como un muro de hormigón armado, como Chuck Norris ante la adversidad, impasible, tranquilo, sereno…
Pero el otro día su límite se vio rebasado y no pudo aguantar más. Se le agotó la paciencia y salió el Chuck Norris que reparte candela a diestro y siniestro. Cogió a la blanquita psicópata por el cuello y le dijo: “Ahora te voy a medir yo tu perímetro”, y la otra se puso a chillar como un bebé de antílope en manos de las hienas. ¿Las consecuencias? Otra heridita de guerra!
Hasta la paciencia del más paciente tiene sus límites… No lo olvidemos…

1 Response so far »

  1. 1

    Eddy Montoto said,

    Vaya bien que lo relata Maya, vaya santo que es Hugo (aunque todo tiene un límite) y vaya ñasco que llevó Abby :). Tendrá que ir a yoga o a pilates para relajar esos nervios! jejeje


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