De buena ley

Como ya sabéis nuestra familia aumentó con la llegada de Hugo hace un año. Cuando empecé a escribir mis aventuras y desventuras en este humilde blog, allá por esa época en la que aún era joven e inexperta, pues ni me acuerdo de cómo se llamaba, me imagino que “Maya, una galga en el sofá”. Unos meses más tarde llegó Abby y como soy muy justa decidí cambiarle el nombre y llamarlo como hoy se llama, mencionando a mi querida hermana blanquita. Hoy me he dado cuenta de que debería volver a cambiarle el nombre, porque quizá Hugo, nuestro querido hermano lisiado, se lo merezca. Vamos a poner la balanza en funcionamiento:

Cosas buenas:
– Hugo es muy bueno con nosotras y nos defiende
– Siempre me acompaña a todas partes cuando hago mis expediciones por el monte
– Me deja que apoye la cabeza sobre su culo
– Me ayuda a putear a Abby

Cosas malas:
– Siempre consigue atraer la atención de todo el mundo con su rollo del perrito cojito y que a nosotras no nos hagan caso
– Siempre tiene que mear encima de mis pises y eso desconcierta a mis admiradores
– A veces se tira pedos mientras tengo la cabeza apoyada en sus posaderas
– Es una boca más con quien compartir la comida
– Es un poco pagafantas y cuando quiere algo llora como una nenaza para dar pena y eso me avergüenza profundamente
– Tengo que compartir el sol con él

Teniendo en cuenta estos argumentos… ¿qué creéis que debería hacer?

hugo

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Diversión montuna

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En la nieve

Ayer volvimos al monte y esta vez fue con sorpresa porque había nevado. Llevaba tiempo sin pisar la nieve, me encanta correr por ella!
Para Hugo fue su primer contacto con ella y le gustó. Corrimos y jugamos un montón, aunque la que más corrió y más jugó fui yo, que a pesar de no haber desayunado Chocapic tenía una energía…

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La cabra tira al monte

Me encanta ir al monte! Todo lleno de olores nuevos, sonidos nuevos, sin coches, sin ruidos, sin estrés… Salgo disparada del coche y empiezo a inspeccionarlo todo y a dejar mis marcas por todas partes. Luego viene Pata Chirola y las machaca con las suyas, pero bueno, qué le vamos a hacer!
El monte está lleno de cosas maravillosas: caminos por los que correr, montículos que saltar, charcos en los que beber y lo mejor de todo, manjares que no se encuentran en la city. Es como ir a un buffet libre, está plagado de esas deliciosas albóndigas de excelente sabor que por lo visto salen del culo de unos seres de cuatro patas llamados caballos. Tengo que disimular para degustarlas porque si no me pasa como a Abby que siempre le cae la bronca, y es que la pobre no sabe controlar su ansia y se pone comer como una psicópata, y claro, siempre la riñen. Yo soy mucho más discreta y entonces lo que hago es echar a correr, desaparecer del perímetro de vigilancia y pararme en los mejores restaurantes disfrutando de mi única compañía. Hugo también está aprendiendo la técnica del disimulo, porque las primeras veces se cegaba también por sus ansias y también le caía la bronca. Es cojo, pero no tonto. Bueno… un poco tonto sí que es, porque todavía no ha captado que los caballos son nuestros aliados y cuando ve uno lo quiere asesinar. Se pone como una fiera, se le eriza todo el pelo y empieza a gruñir como un ogro. Y además el tío se lanza a por ellos! Menos mal que siempre están detrás de una valla… Aunque ayer, justo cuando iba a lanzarse por dos caballos que nos observaban tranquilamente, cuando ya estaba a menos de medio metro, los caballos le dedicaron una mirada asesina y Pata Chirola se convirtió en un corderito asustado que dio la vuelta a refugiarse en los brazos de su mamaita. Tengo que confesar que yo hice lo mismo, porque en cuanto vi que mi querido hermano estaba declarando la guerra me uní sin pensármelo, faltaría más, y en cuanto vi que se hacía caquitas porque los caballos eran más grandes que él y estaban dispuestos a defenderse me di la vuelta también, no quería estar sola ante el peligro. Abby mientras tanto observaba con cara de pocker, ella es un ser de paz.

Lo que menos me gusta de estas excursiones montunas es la hora de volver al coche. Mis hermanitos se meten en él obedientemente y mientras yo sufro una extraña mutación a perra sorda. No oigo nada de lo que me dicen y correteo divertida mientras intentan pescarme para meterme en el coche. Al principio entre risas, luego ya en tono amenazante, y cuando ya considero que ha sido suficiente les doy el gusto de dejarme coger y entro al coche resignada mientras pienso en lo maravilloso que sería mudarnos a vivir a un sitio así… Cómo me gusta el monte!

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La paciencia a veces se agota

Pues va a ser verdad que la paciencia tiene un límite y si lo rebasas te atienes a las consecuencias.
Por poner un ejemplo, a mí no me gusta que otros perros intenten olisquear mis posaderas ni que se pongan pesados en plan “Ey nena, ven que te voy a dar lo tuyo, aquí está tu macho alfa”. Cuando pasa eso echo mano de mi paciencia, me intento tranquilizar, digo eso de “1, 2 y 3 yo me calmaré” y cuando llego al 4 entonces ya el límite queda superado y hago acopio de toda mi mala leche, saco mi tono de perra rabiosa y doy unos buenos bocados de advertencia. Sin clavar los dientes, eso sí, porque entonces luego trago pelos y tengo que purgarme como si fuera un gato.
Otro ejemplo, la comida. Tengo una paciencia asombrosa. Si de repente se abre ese elemento maravilloso que alberga todo tipo de manjares en su interior, y veo que reparten, yo me quedo tranquila esperando en mis aposentos, con mucha paciencia, porque aunque los desesperados de mis compañeros de piso, felinos incluidos, ya hayan ido a abalanzarse como animales hambrientos, yo sé que algo me va a caer igual. Y además me gusta que me lo traigan a mi sitio, como a los emperadores.
Con los años la vas ganando. A Abby todavía le queda mucho camino por recorrer, aunque tampoco es que sea una jovenzuela, es más bien una maruja psicópata. Con la comida pierde el sentido, no tiene ni un ápice de paciencia a la hora de esperar a que le sirvan, se pone toda nerviosa y hasta tiembla. Yo me divierto viéndola y a veces la puteo un poco, que para eso soy la mayor. Cuando está echada en su cama o en la mía o en la cama humana o en alguna de los gatos, yo cojo y voy a echarla. Antes de que esté a menos de un metro de distancia ya empieza a gruñirme para advertirme que me va a arrancar la cabeza. Pero yo me río, jajaja, con esas a mí! Me sigo acercando y la miro fijamente. Si resiste, que no es lo habitual, me quedo parada delante de ella mientras me sigue gruñendo y si aguanta la presión psicológica entonces pongo una de mis patas encima de donde ella esté. Salta como un muelle!!! Jajajajaja Y yo me quedo con su sitio. Espero a que se acomode en otro y cuando ya está relajada vuelvo a la carga y la vuelvo a echar. Y así hasta que me riñen los humanos, pongo cara de pena y me voy a mi sitio haciéndome la víctima.
Dicen que todo lo malo se pega y a la blanquita se le ha pegado mi maldad. O igual es que está resentida y entonces ahora la paga con Hugo. Como dije antes, Abby es una maruja psicópata. Es como esas señoras que salen en la tele que tienen voz de pito y no paran de pegar voces y hacer aspavientos, que enseguida se calientan y se ponen todas nerviosas, vamos, que te hacen cambiar de canal con ese aparato lleno de botones blanditos que tanto gusto da morder.
Bueno, que me despisto, a lo que iba, que la traducción canina de ese ser es Abby. Una puñetera loca que cuando se pone contenta da saltos, ladra y le da por morder las orejas y medir el perímetro craneal a todo perro que se ponga en su diana. Y ésa es su manera de jugar: orejas-cabeza-gruñir-cabeza-orejas-gruñir-gruñir-correr un poco-otra vez orejas. Eso es un acto malvado e insoportable y la víctima de sus “juegos” es nuestro querido hermano Pata-Chirola, que por cierto, es adoptado, aunque tenemos prohibido decírselo para no herir sus sentimientos.
Pata-Chirola aguanta lo que le echen, tiene paciencia hasta el infinito y más allá. Es como un león marino, de movimientos pausados, tranquilo y ajeno a todo lo que pase a su alrededor, menos cuando hay comida que entonces cambia el chip. Pues Abby se aprovecha de su buen talante y casi todos los días le hace su ritual macabro de orejas-cabeza-gruñir-cabeza-orejas-gruñir-gruñir-correr un poco-otra vez orejas. Él lo aguanta, resiste como un muro de hormigón armado, como Chuck Norris ante la adversidad, impasible, tranquilo, sereno…
Pero el otro día su límite se vio rebasado y no pudo aguantar más. Se le agotó la paciencia y salió el Chuck Norris que reparte candela a diestro y siniestro. Cogió a la blanquita psicópata por el cuello y le dijo: “Ahora te voy a medir yo tu perímetro”, y la otra se puso a chillar como un bebé de antílope en manos de las hienas. ¿Las consecuencias? Otra heridita de guerra!
Hasta la paciencia del más paciente tiene sus límites… No lo olvidemos…

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Reflexiones de una invitada sobre su paso por el mundo “animalista”

Llega un día en que decides complicarte la vida. Hay muchas formas de hacerlo y en casa elegimos ayudar a unos seres muy desfavorecidos que son los galgos. Teníamos a Maya y a Abby gracias a que alguien las había ayudado, así que nosotros decidimos ayudar a otras mayas y abbys para que algún día salieran de su miseria y pudieran hacer tan felices como a nosotros a una familia. Una tarea altruista y desinteresada que nació de la simple ilusión de ayudar y de hacer algo bueno en esta sociedad.
Fueron llegando los perros y con ellos las personas. En estos casi 3 años han pasado muchas personas y también unos cuantos personajes. Primero un grupo de personas a las que conocíamos poco y decidimos que no merecía la pena llegar a conocer. Primer lastre soltado y empezamos a navegar con brío. Se siguió uniendo gente con ganas de opinar, malmeter, decir lo que se debería hacer, etc, etc, etc. Hablar es gratis y criticar muy satisfactorio cuando tú realmente no estás haciendo nada. Afortunadamente los perdimos de vista, algo que me produjo alegría, porque soy muy mala y me alegro de esas cosas.
Conseguimos ser un grupo bastante grande, con muchas casas de acogida, y se dieron muchos perros en adopción de forma responsable, que era el objetivo. Ayudamos a un par de asociaciones acogiendo y dando en adopción a muchos de sus galgos. Algunos se aprovecharon de nuestro esfuerzo y trabajo durante un tiempo, hasta que un día decidimos decir eso de “hasta aquí hemos llegado”. ¿Qué consigues con eso? Pues a parte de quitarte gente indeseable y rastrera del medio, reafirmar tu fama de mala persona. Porque mientras unos se dedican a ir hablando por ahí a la gente ávida de cotilleos porque su vida es muy triste, otros cerramos la boca y preferimos no defendernos de ataques basados en la defensa de lo indefendible.
Cuando la colección de enemigos es considerable gracias a mi afición de decir lo que pienso, defender el fruto de mi esfuerzo y seguir por el camino correcto, todo lo que haces o dices empieza a ser mirado con lupa, porque claro, con todo lo que se ha contado por ahí sobre lo mala persona que soy, en algo estará fundamentado ¿no? Además, cuando te pasan cosas de este tipo, te das cuenta de que la mayoría de la gente no merece la pena, son como las ovejas bobas. Algunos, que son muy santos y les pondrán algún día en un pedestal, manifiestan hacia ti una tirria desconocida hasta entonces. Otros, que son muy correctos y educados, permanecen en la sombra esperando el momento de pegar el hachazo para participar en el ensañamiento.
A medida que va pasando el tiempo vas perdiendo lo que antes era tu vida. Todos los días hay trabajo que hacer mientras oyes los cacareos. Eres un elemento al servicio del público. Vas y vienes, traes y llevas, haces y deshaces. Aguantas tonterías que nunca creías que se iban a plantear, porque estás para eso, para aguantar los caprichitos más estúpidos e insolentes. Y procura tener la sonrisa puesta, porque en cuanto la quitas…. zas!
La mochila se va llenando de piedras y empieza a pesar bastante. Pones las cosas en la balanza para tomar una decisión. En mi balanza había esto:
– Cosas a favor: ayudar a los perros, que es el único objetivo que tengo, aunque ya está muy deteriorado porque han pasado muchas cosas en mi vida y cada vez me merece menos la pena
– Cosas en contra: la gente. No todos, pero sí muchos. Las estupideces, las exigencias, la gente que no está mentalmente equilibrada del todo… Y también está la falta de apoyo de gente que crees que te debería apoyar
La decisión más inteligente que he tomado en mi vida ha sido quitarme esa mochila, y con ello, quitarme del medio. Algo que muchos estaban esperando y que seguro que han celebrado. Porque no olvidemos que soy mala, muy mala. Y además no aportaba nada, todo el día poniendo malas caras y metiendo contestaciones, era lo único que hacía.
Ahora ya se puede hacer y decir lo que se quiera, convertir las cosas al gusto del consumidor, jugar a las pandillitas en el patio de recreo y dejar que se una todo aquel que estaba esperando a que los elementos incómodos desaparecieran. Sean todos bienvenidos, que la mar ha vuelto a estar en calma!
En cierto modo he malgastado mi vida durante casi estos tres últimos años. Me llevo cosas muy buenas, como los perros a los que hemos ayudado y algunas personas a las que hemos conocido, muy pocas. Pero la verdad es que ya no merecía la pena, porque cuando te cuelgan el cartel de persona non grata llega un punto que la energía se agota y es mejor apartarse. Hay que darle ese gusto y esa tranquilidad a la gente. Seguir el camino inicial ya no compensa y menos cuando ya hay galgos en las perreras de la región.
Hay personas que tienen el don de la simpatía y otras el de la antipatía. Yo soy de las del segundo grupo, qué le vamos a hacer, no se puede agradar a todo el mundo, y en el mundo “animalista” hay gente que sólo está para hacer “amigos”.

María

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Hugo, uno más de la familia

Durante estos dos últimos años hemos tenido por casa muchos visitantes. Algunos vinieron para estar solo unas horas, lo cual a Abby y a mí nos produjo mucha alegría sobre todo al perderlos de vista, y otros vinieron para pasar una temporadita.
El 3 de agosto papi entró en casa con un perro enorme que venía de una perrera de Córdoba. No paraba de jadear, no estaba acostumbrado a subir tooodas las escaleras que hay que subir para llegar a mis dominios. Era muy tranquilo y respetuoso, no me hizo falta enseñarle mi maravillosa sonrisa para que entendiera quien manda.
Llegó sin hacerse notar y le ignoramos, pero ese perro era muy listo, me di cuenta cuando llegó la hora de salir a la calle. En vez de bajar las escaleras lo bajaron en cuello para que él no tuviera que hacerlo. Abby y yo dijimos: “Guauuuuu”
Sólo estuvo en casa dos días, luego se fue a otro sitio, pero lo veíamos de vez en cuando, siempre tumbado y descansando tranquilamente. Volvió a casa un par de veces y casi siempre bajaba las escaleras en brazos, menudo suertudo! Por la calle todo el mundo se paraba a acariciarlo, eso ya no es tan de suertudo, y él se paraba a saludar amablemente a todos los perros que se cruzaban por nuestro camino.
Un día fuimos a visitarlo y a la hora de marchar abrieron el coche y se lanzó dentro de él sin pensárselo. Vino a casa con nosotros y pensamos que en unos días lo volveríamos a perder de vista, pero poco a poco nos fuimos dando cuenta de que no.
Ya no bajaba las escaleras en cuello, lo hacía por sí mismo, los primeros días muy despacio y luego fue cogiendo el tranquillo. Por la calle teníamos que ir un poco más despacio para que él nos pudiera seguir.

Lleva casi 3 meses con nosotros y se llama Hugo. Nos han dicho que es nuestro hermano y tenemos que ser buenas con él. Lo somos porque se porta bien con nosotras. A Abby la deja que le mastique las orejas y la cabeza y yo incluso le dejo tumbarse conmigo de vez en cuando. Se lleva muy bien con todos los perros, siempre es el primero en ir a saludar, y cuando vamos de excursión al monte o a la playa siempre viene detrás de mí a investigar y espera a mami cuando se pone en plan patosa.
Es un buen compañero y hemos decidido por unanimidad aceptarlo en la manada. Bienvenido Hugo!

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